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EL PERIODISMO QUE VIENE

kirchner400-A partir de las disputas entre el gobierno nacional y los monopolios de prensa, que alcanzaron su clímax durante el tratamiento de la Ley de Servicios Audiovisuales, el periodismo en general ha quedado en el centro de la escena.

Los altos índices de credibilidad que, durante años, colocaban a la prensa como uno de los sectores más confiables de la sociedad, de repente quedaron sujetos a revisión. Peor que eso: dividieron las opiniones en cuanto a la misión de servicio que, como se proclama, deben cumplir los medios.

El extinto Néstor Kirchner, como ha quedado demostrado al cumplirse el primer aniversario de su deceso, seguramente pasará a la historia por haber tomado medidas casi revolucionarias, muchas de las cuales rompieron con añosos preconceptos y moldes que parecían inalterables.

Una de esas medidas tuvo que ver con la prensa. A diferencia de otros gobiernos, el kirchnerismo introdujo la idea de democratizar la información y no le tembló el pulso a la hora de atacar, a través de la Ley de Medios, a los monopolios que concentraban el dominio de la agenda noticiosa y hasta podían decidir situaciones de conflictividad política.

El periodismo y las elecciones

El conflicto gobierno-prensa tuvo su punto de partida en el 2008. Arrancó con el conflicto por las retenciones agrícolas y dura hasta nuestros días con manifestaciones de todo tipo y, lo repetimos, un  profundo debate sobre el rol del periodismo.

La vieja idea que el comportamiento de la prensa puede influir en los resultados electorales, luego de tres años de sostenida prédica antikirchnerista, parece derrumbarse.

¿De qué otra manera puede explicarse que Cristina Fernández haya alcanzado el 54% de las adhesiones cuando su gobierno recibió los más brutales ataques mediáticos en el último trienio?

¿A quien se le ocurría pensar que el Frente Cívico y Social podía perder la conducción de la provincia cuando, sin disimulo, tenía a su favor a la inmensa mayoría de los medios de comunicación locales?

La respuesta, para ambos casos, es una sola: los medios de prensa no ganan ni pierden elecciones y aquel que se ufane que puede decidir el futuro político puede llevarse, como ya ha ocurrido, un gran disgusto.

Periodismo militante y periodismo independiente

Otras de las consecuencias no deseadas de la pelea fue, más allá de las empresas, la división entre lo que serían dos clases de periodistas. Unos que defienden al gobierno y se consideran militantes y otros, críticos acérrimos, que se dicen independientes.

Cada uno de los bandos en pugna justifica su accionar pero, está claro, ninguno tiene razones sólidas como atribuirse la razón. Es que el periodismo es uno sólo y tiene que ver con su misión de informar y de servir a la comunidad, al mismo tiempo de respetar plenamente la libertad de expresión, patrimonio inequívoco de los ciudadanos y no de los propietarios de los medios.

No es bueno hacer periodismo con la camiseta del gobierno de turno, como se vino haciendo en la provincia. La militancia en este ámbito únicamente tiene que ver con la verdad y no con los intereses políticos porque se corre el riesgo de confundir periodismo con propaganda.

En la vereda del frente, las cosas no están mejor. Se proclama una independencia periodística que, claramente, ha sido desvirtuada por intereses empresariales. En los últimos tres años, de hecho, a nivel nacional,  se hizo oposición salvaje sin tener el menor criterio de ecuanimidad.

Los resultados de la refriega, por lo pronto, favorecen al gobierno central. Ha ganado las elecciones y, solamente por la prudencia de la presidente, a la hora del triunfo, no ha culpado a la prensa de orientar jugadas mediáticas tendientes a perjudicar la gobernabilidad.

Para los grandes medios los costos fueron y son altísimos. En su carrera por imponer sus criterios y recuperar intereses perdidos, no ha medido que puso en juego su máximo capital: la credibilidad. Hoy, a diferencia de otros tiempos, ya no hay palabra santa y hasta la noticia más insignificante es puesta en duda.

La carrera del futuro

Si bien es cierto que hay diferencias entre la postura del gobierno nacional y los gobiernos provinciales, no lo es menos que el periodismo en su conjunto sufre las consecuencias de una pelea sin final a la vista.

Hace pocos días, por ejemplo, el titular del principal diario salteño ha denunciado que el gobierno de Juan Manuel Urtubey ha comenzado a mostrar una actitud hostil hacia la prensa.

El tema, como otros que han ocurrido en Santa Cruz, Formosa, Chaco o San Luis, comienza a ser una constante en toda la República y nada tiene de casual.

El periodismo tiene una misión fundamental en el funcionamiento de la sociedad. Nadie puede discutir su importancia y su presencia insustituible para dar cuenta de los hechos de gobierno. Tiene que informar, opinar e investigar, pero lo debe hacer con respaldo de la verdad y nada más que la verdad.

Los tiempos de la extorsión, de la coacción y otros mecanismos reñidos con los principios que rigen la actividad fueron puestos al descubierto por un ex presidente que apostó a la democratización verdadera de la información. A partir de allí se abrió el debate que, para el futuro, demandará de la prensa un verdadero profesionalismo.

 

 

 


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